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La desconstrucción de la enseñanza tradicional y metodologías activas de aprendizaje

marzo 11, 2016

¿Qué interés pueden tener las metodologías activas del aprendizaje en el estudio de la Lógica Matemática o de la Filosofía de la Ciencia? ¿Cómo hablar del Aprendizaje basado en Proyectos ante una audiencia compuesta exclusivamente por graduados en Filosofía y profesores universitarios especializados en diferentes áreas de esta apasionante disciplina del saber? Este fue el reto que me planteó mi compañero y amigo Alfonso Galindo Hervás para esta semana, al que le tengo que agradecer esta gran oportunidad, a pesar de su complejidad.

La incorporación de las metodologías activas en el aula está generalizando en algunos sectores educativos un menosprecio, a mi juicio, determinista y maniqueo de la enseñanza tradicional. Esta tendencia puede generar en una parte considerable del profesorado, frustración ante el desprecio de los métodos que han empleado durante años y rechazo ante los docentes que pretenden transformarlos. En definitiva, el ansia de sustitución total de la enseñanza tradicional por nuevas (o no tan nuevas) tendencias pedagógicas emergentes puede ser contraproducente, si se realiza de una manera superficial, para la propia implantación de métodos y enfoques pedagógicos como el Aprendizaje basado en Proyectos o la clase invertida, entre otros.

¿Debemos dejar de hacer todo lo que hemos hecho hasta ahora para renovar nuestra práctica docente? ¿Es conveniente basar todos nuestros recursos metodológicos en la incorporación mesiánica de tendencias alternativas a la clase tradicional?

La destrucción de la enseñanza tradicional es un error. El punto de partida del proceso de renovación de la enseñanza actual debe ser la deconstrucción. La deconstrucción, tal y como fue formulada por Jacques Derrida, no conlleva la destrucción ni la disociación de un concepto sino un análisis de las estructuras sedimentadas que forman su elemento discursivo. Deconstruir la enseñanza tradicional consiste en mostrar cómo se ha construido este concepto a partir de procesos históricos que lo han configurado y de acumulaciones metafóricas que lo han dotado de un sentido determinado, mostrando que lo claro y lo evidente dista de serlo. Es decir, la deconstrucción evidenciará en última instancia que el relato que justifica la enseñanza tradicional responde a una serie de condicionantes históricos de valor relativo y que éste se encuentra sometido a una serie de paradojas semánticas de naturaleza metafórica y metonímica. En consecuencia, la deconstrucción indagará en el surgimiento del concepto de enseñanza tradicional y en los límtes que plantea en el contexto cambiante del siglo XXI.

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Building blocks. Imagen de Pixabay CC0.

Los inicios de la enseñanza tradicional se remontan a una concepción de las áreas del saber a partir de la construcción de relatos sólidos secuenciados en niveles de comprensión progresivamente más complejos. Desde el punto de vista epistemológico, el docente transmite las leyes y teorías propias de su disciplina en un contexto curricular y de organización escolar compartimentado en áreas no interdisciplinares. Esta visión de la escuela concibe el aprendizaje de manera individual y competitiva, dirigiendo todo el esfuerzo del alumnado hacia la consecución de resultados. La incorporación de las TIC es inexistente o limitada, exclusivamente, a la recepción pasiva de información, a modo de consulta de un libro digitalizado. Esta escuela institucional pretende, con su desarrollo legislativo, adoctrinar a los estudiantes en los principios del Estado, buscando la fidelización del alumnado en un concepto concreto de ciudadanía.

Pedagógicamente, la enseñanza tradicional se nutre únicamente del aprendizaje formal, de manera que la explicación del profesor es el marco limitador del estudio y el aprendizaje del alumnado. La enseñanza se organiza de una manera unidireccional (profesor-estudiante) en la que predomina la formación científica y el aprendizaje pasivo proporcionado por la figura directiva y autoritaria del profesor. Prácticas que nos recuerdan a metodologías de aprendizaje como el conductismo, que defienden el aprendizaje basado en la repetición y en la memorización, en la interacción de un estímulo y una respuesta que se materializa en el premio de una calificación positiva que penaliza el error.

La práctica exclusiva de la enseñanza tradicional en el contexto educativo del siglo XXI no puede por sí sola, contribuir a una mejora de problemas que afectan a nuestra escuela, tales como la insuficiente motivación del alumnado por aprender, el bajo rendimiento académico, la conflictividad en las aulas y el desarrollo de capacidades y destrezas relevantes en el siglo XXI, como el pensamiento crítico, la cooperación grupal, la investigación, la innovación y el ejercicio de la creatividad en nuestros alumnos. Figuras literarias como “el saber es la memorización de lo transmitido por el profesor”, “la cantidad y la calidad del aprendizaje se concreta en la calificación obtenida” y “el aprendizaje del alumno se plasma en el texto de la prueba objetiva”, a partir de la deconstrucción, dejan entrever los límites que la clase tradicional encierra de cara a su continuidad. Frente a ello, las metodologías activas y sus aportaciones, podrían resumirse del siguiente modo:

Metodologías activas de aprendizaje
En conclusión, la propuesta de enriquecimiento metodológico que impone el contexto científico, social y cultural en el que vivimos, no debe partir de una visión destructiva de la enseñanza tradicional proporcionada por un discurso fraudulento sobre la necesidad de innovar, sino desde la praxis de una deconstrucción que exponga las contradicciones semánticas del concepto y muestre sus límites. Únicamente de este modo, la incorporación de metodologías activas en el aula supondrá un enriquecimiento real del aprendizaje del alumnado y el respeto a la memoria y al buen hacer de generaciones de grandes profesores que han representado y siguen representando una visión tradicional de la enseñanza.

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2 comentarios
  1. Vicente Alemany permalink

    Muy acertada reflexión, que huye de planteamientos de división y enfrentamiento, que en mi opinión no conducen a nada, y plantea algo evidente: revisar nuestro quehacer, no como algo de lo que se deba abjurar, sino más bien, como punto de partida, que nos puede ir conduciendo a la innovación progresiva, bien entendida.

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